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La Coctelera

rubenmanzano

9 Abril 2007

Cuestión Social Chilena. A modo de marco introductorio


x Jorge Rivas Medina

Magister (c) Historia de Chile. USACH.

A partir de la llamada “Guerra civil de 1891”, se abre en el país un periodo político denominado “Parlamentarismo” (extendible al menos hasta 1925), que supuso un mayor peso e influencia del Congreso Nacional dentro del sistema vigente. Para entonces, esta entidad política representaba fundamentalmente a la oligarquía nacional, que veló durante este periodo por sus propias prerrogativas económicas, sociales y políticas. Esto implicó, de acuerdo a variadas visiones historiográficas, que el sistema parlamentario nacional estancara al país, diera la espalda a los problemas sociales de entonces y se caracterizara por el cohecho, la rotativa ministerial y el entrampamiento del debate parlamentario. Alberto Edwards, en su clásico texto La Fronda Aristocrática, caracteriza este período como de “inmovilidad política” y de “anarquía de salón”
1.

Dentro del contexto parlamentario se desarrolló como proceso la llamada “cuestión social” chilena, resultado de la industrialización, la urbanización y de un incipiente capitalismo productivo nacional. Si seguimos la lógica del historiador inglés James Morris2, dicho proceso habría comenzado hacia 1880, para culminar en 1920; sin embargo, versiones más recientes, plantean que las “Ideas y debates precursores” de la “cuestión social”, podemos encontrarlos ya a comienzos del período decimonónico, en los propios albores de la república independiente nacional3. Por su lado, investigaciones actuales señalan que vivimos una “nueva cuestión social”, extraíble de la realidad laboral y sindical que caracteriza hoy en día al país4, y que por ende establecería hasta el presente, el marco temporal de extensión.

La definición clásica de la “cuestión social” está asociada a una mirada descriptiva del fenómeno. Se trató de una situación deplorable en la calidad de vida de los trabajadores en general y, específicamente, en el proletariado local, como resultado de la industrialización. En el caso chileno, uno de los sujetos históricos característicos del proceso fue el obrero vinculado a la actividad extractiva minera. Las horas excesivas de trabajo, la nula legislación laboral, salarios exiguos, cuando no pago con sistemas de enganche, cual fue el caso de las salitreras nacionales; el desempleo y el abaratamiento desmedido de la mano de obra, fueron algunas características de este fenómeno en nuestro país.
Desde una mirada insurreccional – organizativa, la “cuestión social” implicó el desarrollo de diversas manifestaciones y huelgas sociales (las más significativas, de 1903, en Valparaíso, de 1905, en Santiago y de 1907, en Iquique) así como movimientos de corte popular, vinculados con ideologías e incipientes orgánicas políticas propias del contexto mundial y de nuestro país desde fines del siglo XIX, hasta inicios del siglo XX, que pretendieron dar respuestas a la precariedad de los sectores populares.
En este aspecto, las organizaciones de trabajadores privilegiadas en Chile, desde mediados del periodo decimonónico, fueron las mutuales (sociedades de socorros mutuos), que representaron fundamentalmente al artesanado nacional. Estas instituciones tenían un carácter organizativo – asistencial, propio del discurso de “regeneración del pueblo”, como le ha llamado el historiador nacional Sergio Grez5. También fueron importantes en este contexto, aunque menospreciadas por la historiografía marxista clásica, las sociedades en resistencia, representativas preeminente, aunque no exclusivamente, del anarquismo chileno. Dicha ideología habría sido mucho más influyente en nuestro medio de lo que se ha creído tradicionalmente6.

De igual forma las mancomunales (asociaciones de gremios de trabajadores), eran orgánicas tradicionales para el movimiento social chileno. La ideología que las caracterizó fue múltiple, yendo desde preceptos demócratas, hasta visiones socialistas en su configuración interna. Respecto a esta última, cabe señalar que comenzó a figurar con considerable regularidad en la prensa obrera y popular, desde fines del siglo XIX.
En términos políticos partidistas, la existencia del Partido Demócrata (PD) desde 1887 (escisión del radicalismo más progresista), vino a ser lo que Hernán Ramírez Necochea, autor angular en el tratamiento del movimiento obrero, ha llamado “el primer partido auténticamente de masas” y de “gran raigambre popular”7. Se trataba de una entidad que pretendió vincularse empáticamente con los sectores populares, haciendo eco y soporte del movimiento social en huelgas como la de 1888 en la metrópolis y la de 1905, también en Santiago (la llamada “semana roja”). Su predilección urbana y su vacilante respuesta frente a las componendas parlamentarias, hicieron que el PD perdiera fuerza y no lograra identificar del todo a otras realidades sociales como la vivida en el norte grande del país, lo que le valió cierto descrédito frente a los trabajadores. Cabe señalar además que su temprana división entre “reglamentarios” (seguidores del abogado Malaquías Concha, de carácter más conservador) y “doctrinarios” (seguidores del tipógrafo Luis E. Recabarren, de carácter más rupturista), hicieron del PD un partido político con vicios similares a los que éste cuestionaba de los “partidos burgueses”, sólo que a escala menor.

El año 1912, y como una escisión del propio Partido Demócrata, surge el Partido Obrero Socialista (POS) de la mano de Recabarren y de un grupo de trabajadores y élite obrera de los sectores mineros del norte grande8, quienes ya sentían representar más auténticamente los preceptos socialistas en nuestro país.

Como una suerte de “evolución lógica” e inspirado por los acontecimientos rusos de 1917, a comienzos de la década del veinte nace en Chile El Partido Comunista (PC), cuyas pretensiones de cambios revolucionarios en el contexto político, económico y social, fueron evidentes desde el primer momento.
Cabe indicar que para el período específico que se abre en 1907, el movimiento popular, como resultado de la “matanza de Santa María de Iquique”, sufre una suerte de repliegue; se trata de una consecuencia lógica frente al derramamiento de sangre y que sin embargo abre un periodo que, de acuerdo con el historiador Gabriel Salazar9, le hace observar a la oligarquía gobernante, que los métodos coercitivos, no bastan para enfrentar una álgida “cuestión social” que para entonces resultaba innegable frente a las élites parlamentarias.

Finalmente es necesario indicar que el tratamiento dado por la historiografía nacional a la “cuestión social” en Chile, ha sido distinto si comparamos la teoría marxista clásica (Ramírez Necochea, J. C. Jobet, M. Segal, Ortiz Letelier y otros), con la “nueva historia social” chilena, abierta temporalmente en 1990 y de la cual son tributarios destacados historiadores contemporáneos como Salazar, Grez, Mario Garcés, María Angélica Illanes, Julio Pinto y Eduardo Devés, por nombrar algunos, pues mientras los primeros elaboraron un discurso fundamentalmente evolucionista y centrado en la justificación ideológica socialista de la historia popular, los segundos, herederos del estructuralismo neomarxista, han privilegiado miradas diversas, tanto frente a las orgánicas como a las influencias ideológicas con las que han caracterizado al sujeto popular. Se trata en definitiva de pinceladas nuevas, para actores sociales viejos, en este cuadro político, económico y social que marcó a lo menos, y considerablemente, medio siglo de historia republicana10.
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1 Alberto Edwards, La Fronda Aristocrática, Editorial Universitaria, Santiago 1928 (Primera Edición). Ver particularmente capítulos “La oligarquía parlamentaria” (págs. 188 – 193) y “Alianzas y Coaliciones” (págs. 194 – 199).
2 Ver James Morris, Las élites, los intelectuales y el consenso. Estudio de la Cuestión Social y del Sistema de Relaciones Industriales en Chile, Editorial Del Pacífico. Santiago, 1967, pág. 79.
3 Ver Sergio Grez, La “Cuestión Social” en Chile. Ideas y debates precursores (1804 1902). Fuentes para la Historia de la República, Volumen VII. Editado por la DIBAM y el Centro de Estudios Diego Barros Arana. Santiago, 1995.
4 Rolando Álvarez y Antonio Aravena (Editores), Los trabajadores y la nueva cuestión social. Repensando la realidad laboral y sindical en Chile, Ediciones ICAL, Santiago 2004.
5 Ver de Sergio Grez el texto De la “regeneración del pueblo”, a la huelga general. Génesis y evolución histórica del movimiento popular en Chile (1810 – 1890). Editado por DIBAM, Ediciones Ril y Centro de Investigaciones Barros Arana. Santiago, 1997. Ver desde el capítulo IX, referido a las primeras sociedades mutuales, en adelante.
6 Un primer aporte en este sentido lo constituye el texto de E. Miguez y A. Vivanco, “El anarquismo y el origen del movimiento obrero chileno. 1881 – 1916”, en Andes, número 6, Instituto de Estudios Contemporáneos. Santiago, 1987. Actualmente, y de forma aún inédita, el historiador nacional Sergio Grez, prepara un libro que da cuenta de una puesta al día sobre “La Idea” (como se ha llamado de forma tradicional a la ideología ácrata). Uno de los mitos que contribuye a destruir dicha investigación, es que las Sociedades en Resistencia, no serían orgánicas representativas sólo del mundo anarquista. Habrían comulgado en ellas varias otras ideologías, más diversas y conectadas de lo que se ha creído en forma tradicional. Así mismo el historiador logra dar cuenta de las variadas conexiones entre socialistas y anarquistas a comienzos del siglo veinte, cuestión hasta ahora no abordada. Cabe señalar que nuestra cercanía con dicho trabajo historiográfico se debe a que nos hemos desempeñado como ayudantes de investigación (proyecto Fondecyt) en la gestación de este libro.
7 Hernán Ramírez Necochea, Historia del movimiento obrero en Chile, Ediciones LAR, Santiago, 1956.; detenerse especialmente en el capítulo “Nueva etapa en el desarrollo del proletariado chileno, 1879 – 1900”, págs. 177 a 332.
8 Ver referencias más específicas en Fernando Ortiz Letelier, El movimiento obrero en Chile (1891 – 1919), Ediciones Michay, 1985, Santiago. Leer específicamente el capítulo IV referido a los partidos políticos frente a la “cuestión social”, página 193 en adelante.
9 Gabriel Salazar, Violencia político popular en las grandes Alamedas, Ediciones SUR, Santiago , 1990.
10 Sugerimos leer el capítulo “Del naturalismo al superrealismo no figurativo: el movimiento obrero popular urbano en el cambio de siglo”, en donde esbozamos algunas de estas ideas, con mayor detalle de la polifonía que significa el sujeto popular, para ser tratado como objeto de estudio historiográfico. Ver Eduardo Cortés y Jorge Rivas Medina, De forjadores a prescindibles: el movimiento obrero – popular urbano y el Partido Demócrata. Santiago, 1905 – 1909, Tesis inédita para optar al grado de Licenciado en Educación, USACH, 1999.

Fuente: http://www.espacio-historico.blogspot.com/

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matiaspino

matiaspino dijo

mucho mucho mucho mucho mucho

12 Septiembre 2009 | 04:02 AM

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